LA LEYENDA DEL MACHICHACO. UNA HISTORIA DE HEROISMO PARA LAS OPOSICIONES BOMBERO CANTABRIA

En octubre de 1893, un carguero llamado Machichaco entró en la Bahía de Santander procedente de Bilbao. Su destino final era Marsella, en la costa mediterránea de Francia, pero sus tripulantes no sabían que su destino final sería la muerte. Jamás saldrían de la Bahía de Santander.

Su primera parada dentro de la Bahía de Santander fue la Isla de Pedrosa, frente a Santander, pero separada de tierra y a varios kilómetros de agua de los muelles santanderinos. ¿El motivo? Se había declarado un brote de cólera en Bilbao y era el lugar indicado para pasar la cuarentena de 10 días preceptiva, puesto que esos marinos venían de allí. ¿Os suena de algo la historia?

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Estamos hablando de un tiempo en que Cuba aún era parte del Estado Español y Santander era uno de los puertos de comunicación más activos con América. Incluso embarcaban aquí tropas para sofocar las revueltas de las guerrillas cubanas. De hecho, un trasatlántico esperaba con ansia que la cuarentena del Machichaco finalizara, porque iba a transportar papel a Cuba que este carguero contenía en sus bodegas. Y apenas hubo llegado al muelle de Santander, el Machichaco, con sus marinos cansados de su confinamiento, se trasladó el material a toda prisa para que ese buque zarpara cuanto antes. En la próxima pleamar.

Era el 3 de noviembre de 1893. Un día maldito en la Historia de Santander y de España.

Otro barco similar al que partió esa mañana, el Alfonso XIII, esperaba asimismo su turno de abandonar la Bahía con el mismo destino trasatlántico. Pero sus marinos ignoraban que su destino, al igual que el de sus compañeros del Machichaco, iba a enfrentarles a una dura prueba. Y que muchos de ellos quedarían para siempre en Santander. Porque su viaje iba a ser también cancelado por la muerte.

La mercancía del Machichaco no iba a ayudar en lo que estaba punto de suceder. Si alguien hubiera querido fabricar un barco-bomba, la verdad, no hubieran podido hacerlo mejor: una increíble cantidad de dinamita, ácido sulfúrico y un cargamento de piezas metálicas de Altos Hornos de Vizcaya. Y sólo la carga más inofensiva había sido vaciada del barco, que aparentemente no tenía problemas: los marinos estaban sanos y ése era el gran peligro, en tiempos de plagas como el cólera. En Santander hacía un día espléndido y se sienten contentos de poder desembarcar, después de un aburrido confinamiento en la isla misteriosa y enigmática de Pedrosa.

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Es entonces cuando los marinos del Machichaco descubren, al vaciar las bodegas de mercancía, que sale humo de la parte inferior de la popa. Y al destapar dicha bodega, el fuego y el humo les impiden volver a cerrar y el oxígeno alimenta el incendio. Cunde el pánico entre los expertos marinos, que no se hacen con el fuego y piden ayuda a compañeros del puerto y los barcos cercanos. Y éstos se prestan a ayudarles y arriman bombas y mangueras al buque en llamas, inclusive desde las embarcaciones próximas, como es el caso del trasatlántico Alfonso XIII.

Muchos marinos, estibadores y personal diverso se emplean a fondo en sofocar el incendio. La multitud del puerto de Santander, siempre activo, se agolpa frente al muelle para mirar. Y lo mismo hacen turistas, paseantes, autoridades y todo un tropel de personas, inclusive desde las fachadas cercanas. Todo un pueblo marinero reunido, inclusive niños, que se concentran en el muelle para admirar un espectáculo inusual.

¿Recordáis el contenido del barco? En efecto, había una enorme cantidad de dinamita, como dice la famosa canción: “hay dinamita en tu entraña”. Y al no poder hacerse cargo del fuego, las autoridades portuarias y del barco toman una decisión radical: hundir el barco para apagar las llamas y reflotarlo, más adelante, para salvar al menos la carga inerte. Una medida útil, en estos casos, pero que aquí resultaría fatal. Porque al mojarse, la nitroglicerina es exudada de la carga de dinamita y se esparce por las bodegas.

Es el elemento más inestable de la dinamita, pero no hace explosión al contactar con el fuego sino al recibir golpes. Y el personal del barco y sus compañeros están dando golpes por todas partes, dentro del barco, para intentar hundirlo cuanto antes. Lo conseguirían. Uno de esos golpes activó “la bomba” y toda la dinamita estalló en bloque, como una pequeña bomba nuclear, que reventó el barco y convirtió su carga en metralla. ¿Recordáis el ácido sulfúrico? Pues su efecto no sería tan devastador como los raíles y otras piezas de metal que llenaban el barco, y que salieron despedidas por todas partes.

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¿Recordáis el público que asistía al “evento”? Tanto ellos como los afanados marineros y estibadores, todo el personal involucrado en el incendio, recibieron la tremenda onda explosiva y la metralla. El estallido fue tan fuerte que cadáveres y trozos del barco fueron proyectados a distancias inverosímiles, e incluso arrojados dentro de las viviendas aledañas. Un fragmento del buque llegó a volar 8 kilómetros antes de caer sobre otra persona y matarlo. Y el efecto de la explosión en el agua produjo una resaca que se tragó a muertos y supervivientes. Al otro lado de la Bahía, no lejos de donde el barco había pasado la cuarentena, una antigua ermita se derrumbó. No menos de 7 cadáveres fueron hallados bajo las vigas de hierro despedidas desde el buque, en muchos casos incandescentes. Ése fue el alcance de la tragedia.

Al igual que en el incendio de Santander de 1941, pero peor por el tremendo número de víctimas, el caos sobrevino por el fuego y la falta de gobierno y profesionales. Una gran proporción de las autoridades, bomberos y marinos habían fallecido, y el fuego seguía su avance en tres focos distintos a la vez. El tráfico ferroviario con Santander quedó interrumpido porque las comunicaciones de telégrafo también quedaron cortadas. Los cadáveres se juntaban con los heridos en un radio muy amplio, en torno al barco e incluso en el mar. El humo debía ser tremendo sobre el escenario de los hechos. Y como en toda tragedia, sobrevinieron los mitos. Y entre los mitos del Machichaco, destaca el pretendido origen del incendio y de la explosión, atribuidos al ácido sulfúrico y al fuego, respectivamente. Pero el caso es que el origen del fuego no se conoce. Y el de la explosión no fue el fuego en sí, sino un cúmulo de circunstancias que afectaron a la nitroglicerina y la hicieron detonar en bloque.

El museo de los Bomberos de Santander, en Ojaiz, es el mejor tributo posible a estas personas inocentes y héroes. Porque los Bomberos de Santander y de otras partes de España, que acudieron en auxilio de sus compañeros y de la población, fueron los héroes junto a tantos marinos y personas anónimas: los que ayudaron al personal del Machichaco a salir del problema del incendio. Una lección de compañerismo que no evitó un destino inevitable, porque es creencia común que nadie sospechó que una explosión así pudiera suceder.

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Los Bomberos de Bilbao entre otros cuerpos cercanos acudieron, en cuanto se tuvo noticia, para auxiliar a sus compañeros supervivientes de los Bomberos de Santander. Y estuvo a punto de partir un tren de Bomberos de Barcelona. Los cuerpos de muchos fallecidos aparecieron en las costas de Francia, debido a las mareas. Y sobre el número de muertos, nada es tan seguro como los 300 y pico que se reconocieron por los cadáveres, pero se declararon muchísimos desaparecidos. Inclusive hubo una fachada entera, próxima al evento, que quedó arrasada por la explosión y por el fuego, pero ningún muerto fue allí registrado. Era una zona de casas señoriales, hostales, pescadores y marinos: el mismo centro de Santander. Y era un día de salidas masivas de pasajeros, inclusive el trasatlántico Alfonso XIII, cuyo personal esperaba su turno para abandonar la Bahía con el pasaje. Los restos humanos fueron recogidos en grandes cantidades, muchas veces expulsados por las olas, que habían tragado gran cantidad de cuerpos. Incluso en una playa de afuera de la Bahía (no recuerdo si Noja o Isla) apareció un resto humano con un trozo de camisa con las iniciales: M.S. Se trataba de Manuel Somoza, el Gobnernador Civil de Santander.

Como anécdota curiosa, decir que estuvimos a punto de perder a Pereda y Galdós, como el propio escritor canario contaría después: “si hubiéramos estado en Santander, habríamos acudido a ver el espectáculo del barco en llamas. No es un espectáculo que se pueda ver todos los días”. Afortunadamente, el destino les libró de estar en la ciudad en esos días. En ese minuto concreto en que se produjo la mayor tragedia civil de la Historia de España y de Europa.

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