Artículo publicado en "TRIBUNA LIBRE", del diario "EL DIARIO MONTAÑES "
de Cantabria, 30 de diciembre de 1999
En la actualidad, nuestra sociedad ofrece un panorama de violencia que alcanza límites realmente estremecedores. Los estudios del tema consideran que la violencia se origina, desarrolla y fomenta desde la propia sociedad actual, o mejor dicho, desde el lado más oscuro de esta sociedad: desarraigo, miseria, droga, pobreza cultural, descomposición de valores, etc.
Esta es una realidad incuestionable que podemos aplicar a las diferentes formas de violencia que se han dado a lo largo de nuestro siglo, incluso es válida para esas nuevas formas de agresividad que generan los desarreglos de la sociedades modernas.
Sin embargo, la violencia que sufren las mujeres no la podemos encuadrar en este marco, ya que tiene sus raíces clavadas en los pilares más firmes de nuestra cultura. Naturalmente, como toda violencia, está marcada por los condicionantes de su momento histórico, pero si profundizamos en ese saco de horror que es la violencia de género, encontramos todo un bagaje cultural que la ha propiciado, avalado y, de alguna forma, justificado a través de los tiempos.
Sabemos que la violencia de género responde a la relación de poder que el hombre ha ejercido sobre la mujer a lo largo de la historia. Poder que se ha mantenido durante siglos y que ha sido alentado por una tradición que devalúa física y psíquicamente el mal llamado "sexo débil". Desde los mitos clásicos, Poseidón, Zeus, Apolo, etc., hasta los textos de las grandes religiones ha situado a la mujer en una posición de inferioridad con respecto al hombre, cuando no de menosprecio o satanización.
El Génesis les da el protagonismo de ser la causa de los grandes males de la humanidad y la muerte.
"La violencia que sufren las mujeres tienes su raíces clavadas en los pilares más firmes de nuestra cultura".
La Biblia, entres otras lindezas, aconseja ser "el reposo del guerrero" y con estos antecedentes. Pablo de Tarso, duda de su alma inmortal y la relega a un papel subordinado, dificultando su entrada en el Templo. La Toráh judía insiste en nuestra suciedad menstrual, capaz de contaminar alimentos o arrasar jardines por simple contacto. El Corán, más paternalista, nos confino al Harén: "paridero" cómo y teóricamente orgiástico; en realidad, una versión "retro" del gineceo griego, que no era precisamente un ágora reivindicativo.
Este repaso mínimo y esquemático por la Historia resultará exagerado o al menos "chusco" a estas alturas del milenio. Efectivamente, en la actualidad nadie se atreve a reconocer, al menos públicamente, la inferioridad femenina pero esta idea está tan sutilmente acoplada en el inconsciente colectivo y en las costumbres, que surge inevitablemente en cualquiera de nuestras actividades cotidianas. Esa idea de inferioridad y dependencia, en ocasiones es sentida por las propias mujeres, y por supuesto, es determinante en la actitud violenta de los varones.
Durante siglos, las agresiones sufridas por las mujeres se consideraban un conflicto que sólo afectaba a ellas o a su ámbito familiar, el carácter punitivo de las leyes no era riguroso en los delitos privados. Pero en los últimos tiempos, gracias a la presión feminista y a la valentía de muchas mujeres denunciando la violencia, las cifras han alcanzado una magnitud tal que organismos internacionales han reconocido la violencia de género como "un hecho que afecta a toda la sociedad", "vulnera los Derechos Humanos" e "impide el desarrollo de los pueblos".
En nuestro país se producen, al año, doscientas mil agresiones físicas contra mujeres indefensas, generalmente a mano de sus parejas. Sólo se denuncian dieciocho mil, y un gran número de ellas tiene un desenlace trágico: una media de cuatro mujeres, mueren al mes a manos de sus maridos, novios o amantes. Todas son "muertes anunciadas" precedidas por decenas de denuncias a las que ni la Policía ni la justica dio una respuesta adecuada.
Son diferentes las circunstancias que rodean estos crímenes, pero existe en todos un denominador común: el ansia irracional del dominio sobre la mujer y la incapacidad para aceptarla como a un ser libre capaza de tomar sus propias decisiones.
El mosaico de horror que es la violencia de género se adereza con ese paradigma de brutalidad que es la violencia sexual, también glosada en muchos textos clásicos, reproducida en obras maestras del arte y minimizada en crónicas bélicas.
Afortunadamente en las últimas décadas ha saltado a la luz, mostrando toda la desolación que encierra este delito.
"El miedo, la vergüenza y el sentimiento de culpa son los mejores aliados del silencio".
Las cifras han creado una cierta alarma social, sin embargo, tenemos que analizar en positivo: por fin se denuncia y se habla abiertamente de algo que, hasta hace poco años, era un tema tabú. Tabú para las propias mujeres que no sólo eran víctimas, sino sujetos sospechosos de "provocación", "vida licenciosa" o cuando menos, "descuido".
En España se denuncian al año alrededor de 9.000 delitos contra la libertad sexual, de las cuales casi la mitad son violaciones consumadas, pero el dato más preocupante es esa cifra negra de violaciones que jamás serán denunciadas. El miedo, la vergüenza y el sentimiento de culpa son los mejores aliados del silencio. De nuevo los atavismos culturales nos condicionan con su fisonomía más perversa; no sólo propician y justifican la violencia del varón, sino que siembran la culpa y la vergüenza en su víctima.
La violencia sexual no tiene como detonante el "deseo", no responde a ninguna psicopatía sexual.
Curiosamente, en un porcentaje elevadísimo, el violador no persigue placer, utiliza sus genitales como arma de dominio o poder, contra alguien que supone inferior y a la que además, por derecho propio, exige sumisión. Canaliza sus frustraciones a través de la agresión y compensa así sus deficiencias. Al menos en este acto brutal se siente poderoso y compensado.
La mayoría de los agresores son incapaces de reconocer el daño causado, incluso afirman que su víctima disfrutó durante el atentado. Esta idea responde a una forma de entender lo "genuinamente femenino", que se remonta a siglos atrás, Freud resumió una larga tradición oral y escrita afirmando: "El masoquismo es una expresión de la naturaleza femenina".
Así las cosas, no es de extrañar que aún perviva en la mente de muchos violadores la idea de complacencia que siente una mujer violada.
"... la violencia sólo puede combatirse con la educación; basada en la igualdad y el respeto..."
Frente a la violencia de género, el sentimiento más común que nos asalta es el de la indignación y, automáticamente, se pide endurecimiento de las medidas represivas. Evidentemente es una solución a corto plazo, pero si analizamos el problema con cierta perspectiva, reconocemos que la violencia sólo puede combatirse con la educación basada en la igualdad y el respeto, que detecte y corrija los comportamientos sexistas, una educación que dé un espacio social igualitario a mujeres y hombres, que descalifique los estereotipos culturales y religiosos, dando el concepto exacto de "lo femenino", sin esa máscara de blandura, docilidad y torpeza que la cultura, la costumbre y posiblemente el miedo han colocado sobre el perfil del género mujer.
Montserrat Peña Marotías
(en el momento de publicar este artículo era presidenta del Centro de Asistencia a Víctimas de Agresiones Sexuales de Cantabria, CAVAS)